A mediados del 2000, cuando la fraudulenta rereelección se acababa de consumar y el régimen fujimorista hacía oídos sordos al clamor de la ciudadanía, parecía que nada iba a sacar a Fujimori. Aparentemente, lo tenía todo, pero todo controlado. De pronto, el video Kouri-Montesinos, y su reinado se vino abajo. Después, refugiado el dictador en Japón, parecía que nada ni nadie lo sacaría de allí. Tal vez una acción de comando, como hizo el Mossad con el criminal nazi Adolf Eichmann, o como la que imaginamos desde estas páginas. Pero, claro, se hubiera estado cruzando la frontera de la legalidad, cayendo en lo mismo que solía practicar Fujimori, cuando su gobierno se saltaba a la garrocha hasta su propia Constitución.
Fue su propia torpeza la que lo ha conducido a Chile, y lo expone a ser extraditado al Perú. Nadie se cree el cuento de sus voceros, quienes alegan que todo esto estaba fríamente calculado. Sí, igual que calculados eran los tropezones y caídas del entrañable Chapulín Colorado. Más bien es difícil de creer la fidelidad a rajatabla mostrada por los líderes del fujimorismo. Fueron ninguneados por el prófugo, el viaje a Chile y todo "lo calculado" los agarró fríos también. Y no les duele. Pero no nos debería sorprender, si lo pensamos bien. También le cierran los ojos a lo evidente: la corrupción, el autoritarismo, las violaciones de Derechos Humanos, el avasallamiento del Poder Judicial. Intentan exculpar a su máximo líder, pero diciéndole al mismo tiempo que era un caído del palto, que no sabía nada. Su concepto de democracia parece una geometría no euclidiana, ideológicamente hablando, lo mismo que su concepto de justicia. Quién sabe si la genialidad de Jorge Trelles se encuentre preparando ya una Enciclopedia del Fujimorismo, donde nos aclaren todos esos términos.