Oscar Carrasco

(En la edición impresa se han sumado nuevos colaboradores. Pronto estarán en esta sección.)

De viaje por el Colca, octubre del 2003
(Yo soy el de casaca)

Nació con el movimiento hippie a mediados de los años sesenta. Fuera de algunas desconcertantes sorpresas (gustarle leer, ver documentales, no jugar con otros niños del barrio, realizar experimentos eléctricos, etc.), parecía en líneas generales un individuo normal, hasta que al final de su adolescencia vino a dar en la más extraña locura que puede cometer alguien en el Perú: estudiar Literatura. A fines de los ochenta tuvo un breve paso por Monos y Monadas. Egresado de la Universidad Católica, trabajó un tiempo (abominable) en la docencia preuniversitaria. Lo mejor vino después cuando pudo conocer Alemania, gracias a una beca del Instituto Goethe (donde, además, escribió en la revista El Zeitung) para seguir un curso en Mannheim. A su regreso, ingresó a trabajar como redactor en una conocida empresa (o "corporación gráfica", como ellos se llaman a sí mismos) del sector editorial, donde permaneció casi una década, y de la cual un día de marzo del 2004, simplemente, se fue en búsqueda de sus sueños.

En Heidelberg

In deinen Thälern wachte mein Herz mir auf
Zum Leben
[...]

Heidelberg es una hermosa ciudad a orillas del río Neckar. Su famosa universidad es la más antigua de Alemania. La visité por primera vez un domingo de diciembre de 1994. Era invierno, claro, llovía y estaba nublado. Pero Heidelberg lucía igual de bella. Es más, el clima le daba a su Schloß (palacio en ruinas) una atmósfera de particular encanto.

El guardián

Se llama Rufo, pero en el barrio lo conocen como "el Diablo". No me pregunten por la raza, pues por su árbol genealógico ha desfilado una considerable variedad de ellas. Podemos, pues, decir que se trata de un perro "todas las sangres". Hasta con canguro y con lobo lo han confundido.

Lo encontraron abandonado en un parque, en febrero del 2001. Era un recién nacido, pues aún no había abierto los ojos: lo hizo nueve días después. Lo acogimos en casa, y, sin querer queriendo, terminó quedándose.

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